martes, 17 de julio de 2018

Le Notti Bianche: Cuando la ciudad se llene de nieve.

texto JUAN JOSÉ ANTUNA ORTIZ

Noches Blancas, dirigida por el espléndido director italiano Luchino Visconti, es una película de 1957 que se basa en la novela homónima del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, la cual ha sido adaptada en más de una ocasión tanto para el cine como en el teatro.

Uno de los atractivos que tiene esta película es el hecho que podemos ver quizá una de las mancuernas de actor-director más emblemáticas del cine italiano: Visconti-Mastroianni, que si bien la mancuerna de Mastroianni-De Sica también fue muy importante y más numerosa en producciones, y es sabido que la mancuerna que hizo Mastroianni con Fellini es más renombrada y memorable en la historia del cine, muy pocos saben que la historia de Mastroianni con Visconti viene desde los inicios del actor en el teatro.

La película nos narra cómo después de que nuestro protagonista, Mario, sumergido en sus pensamientos mientras escuchamos las mágicas notas de Nino Rota quien compone la música para el filme, y la voz del narrador que nos cuenta la historia de este solitario hombre en Petersburgo, una ciudad que no es suya y que está tan sola como él a tan altas horas de la noche en día de descanso, en su caminata se encuentra llorando en un puente a una chica.

Él, queriendo averiguar qué le pasa, ella sale huyendo; él la sigue y ve que ella se asusta, entonces él le dice que no quiere hacerle daño, que sólo quiere saber qué le sucede, entonces le dice que quiere ser su amigo ya que se encuentra muy solo y que no busca nada más, aunque en su interior siente una felicidad inmensa al saber que por fin esa ciudad tan bella como sola le ha regalado la aventura que tanto había esperado toda su vida y que esta llegaba con una hermosa muchacha de blanca cabellera de la cual queda enamorado en el instante que cruzan palabra. Mario la acompaña a su casa y ella le promete que la noche siguiente se verán donde mismo para poder platicar, pero luego de que él la deja en su casa ella regresa al lugar donde la conoció para seguir esperando por alguien más que no es Mario.

Ella le cuenta entre memorias y anécdotas su triste historia de amor, y las siguientes noches que no son muchas él dice que la ayudará a encontrar a su enamorado, aunque en realidad él no hace mucho por ayudarla, aunque finja hacerlo, ella escribe una carta para su amado que Mario promete entregar al hombre donde se hospedaría al regresar a la ciudad pero jamás la manda, no hace más que retrasar un encuentro que el destino ya había pactado, y que él sabía porque así era su historia, pero mientras ese encuentro llegaba, Mario pretendía pasar con Natalia todo el tiempo que le fuera posible, para tratar que ella olvidara a ese viejo amor, y quisiera esta sólo con él, y aunque casi logra su cometido, él sabía que estaba destinado a estar solo y ser sólo un chico raro en aquella hermosa ciudad, pero quería robarle tiempo al tiempo y probar la felicidad aunque corta, por una vez en su vida.

La película es sin lugar a dudas una de las más grandes joyas del cine italiano, con una historia notable que Visconti cuenta con lujo de detalle, no deja nada al escepticismo y la llena con tanta claridad y notoriedad que uno queda enganchado. La fotografía y la música juegan un papel más que primordial, el muy poco reparto y las situaciones planteadas por muy disparatadas o fantasiosas que estas parezcan en ciertos momentos, realmente tienen un sustento y un soporte en la película que es imposible concebirla sin alguna de ellas.

Nino Rota destaca con una banda sonora que no hay que ser muy clarividente para darse uno cuenta que esta pieza le serviría años después para hacer la banda sonora de El Padrino. Los actores estelares son más que dignos y nos entregan una actuación para la memoria colectiva y la historia del cine, María Schell como Natalia con un gran parecido a la actriz Emilia Clarke quien deslumbra con su rostro la pantalla y su magnífica actuación, y ni qué decir de Marcello Mastroianni como Mario que uno no puede más que agradecer que este hombre haya nacido, en todas sus películas brilla, y en esta con notoria peculiaridad.

La escena del baile es una de esas escenas que hace que una persona ame el cine por sobre todas las cosas, es tan improvista y es algo que uno no espera ver con tanta naturalidad y genialidad, que hacen que sea perfecta, si es que la perfección se puede distinguir de alguna forma y en algún lugar.

Al final la metáfora de la película se puede entender en que todo hombre espera que algo sea eterno, nuestros paseos con una chica extraña de pelo blanco, aunque al final de cuentas todos sabemos que la nieve volverá a llegar a cubrir de blanco las noches y la ciudad y todo volverá a ser como antes, pero nuestra alma se llena de felicidad por cada vez que uno puede ver que estas cosas si no nos pasan a todos en la vida real, en el cine las podemos encontrar y ser felices para siempre, porque el buen cine es como la vida misma, siempre se llega a un punto que uno queriendo o no, debe encontrar.

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