viernes, 8 de septiembre de 2017

Chile: Cine al sur del continente

texto y fotografía ANDREI MALDONADO

Durante años mis sueños estuvieron puestos en el sur. Por una inexplicable razón desde niño soñé con conocer un país largo, delgado, rodeado por el océano y las montañas, donde conviven perfectamente tanto el glaciar como el desierto. Me refiero a Chile, nación que comencé a admirar por la música de La Ley –la cual ha formado parte del soundtrack de mi vida- y que posteriormente se le sumó la poesía de Neruda, Nicanor y Mistral, la majestuosa voz de Violeta, la música de tantas bandas como Los Prisioneros, Lucybell, Saiko, Los Tres, entre otros.

Poco a poco me fui empapando de su historia. Me estremece hasta ahora los hechos que sacudieron a miles de chilenos el 11 de septiembre de 1973, cuando el ejército de Pinochet atacó La Moneda consumando así el golpe militar contra el presidente Salvador Allende. Me fascinó como el país recuperó la democracia y construyó un modelo de prosperidad digno de imitarse en toda América. Y entre todo ese enamoramiento que incluyó la gastronomía, las costumbres y su forma de hablar se entremetió en mí también la cinematografía chilena.

Películas como Fuga –que dio inicio a mi afición por el cine de Pablo Larraín-, La vida en el espejo, Julio comienza en Julio, Mi mejor enemigo, La vida de los peces, En la cama, Sangre eterna, Qué pena tu vida, entre muchas otras, me dieron elementos que he integrado a mi propia labor fílmica. Conocer este año a Miguel Littín únicamente lo confirmó he hizo que el sueño de toda una vida tomara un rumbo especial: aprovecharía un viaje a tierras andinas para filmar los lugares que visitara y los integraría a mi próximo trabajo documental: Deriva.

Fue así como por fin ocurrió lo tan deseado: viajé a Santiago de Chile, ciudad de la cual memoricé los sitios que terminé visitando: el magnífico cerro San Cristóbal con su funicular y el teleférico, que permiten una gran vista de la cordillera eternamente nevada mientras se sobrevuela el enorme Parque Metropolitano. También conocí el cerro Santa Lucía con el Castillo Hidalgo desde donde se ven los altísimos edificios que pueblan la ciudad. A sus faldas el barrio Lastarria donde se haya la Tienda Nacional, sede de libros, música y películas chilenas.


No iba a desaprovechar la visita y dejar de asistir a las salas de cine de arte, por lo que muy cerca de ahí tuve mi primer encuentro con una de ellas. Se trataba del Cine Arte Alameda, un par de salas distribuidas de forma muy peculiar. A la sala dos, donde ingresé a ver Poesía Sin Fin, de Alejandro Jodorowsky, únicamente se accede a través de un puente colgante y su interior, muy pequeño, asemeja más a un bunker que a una sala de cine y que además cuenta con cafetería y espacio para otras expresiones artísticas como la danza aérea con telas.

Durante mi recorrido por las calles de Santiago me topé con un par de chicos disfrazados del Xenomorfo y del Depredador, con los que no dudé en retratarme ya que se encontraba en vísperas de su estreno la cinta Alien Covenant. Por debajo de la Plaza de La Ciudadanía, en el sótano del Palacio de La Moneda, encontré la Cineteca Nacional, y calles más abajo, por el Paseo Bulnes, el Cine Arte Normandie, bellísimos espacios en donde la agenda no me permitió regresar para poder presenciar en ellos alguna película, cosas de horarios.

A donde sí volví fue al Barrio Lastarria, sólo para entrar a El Biógrafo, una sala sumamente única pues en muy poco terreno puede albergar a un buen número de asistentes en una sala que pareciera más un mini teatro y en donde pude apreciar la cinta inglesa 45 Años. Y como no puede faltar conocer las salas comerciales asistí al Cine Hoyts de Paseo San Agustín, en el centro, que dicho sea de paso pertenece a Cinépolis. Ahí, acompañado de unos nachos llamados “Pancho Villa”, pude disfrutar de Una mujer fantástica, del chileno Sebastián Lelio.

El resto del recorrido santiaguino incluyó, en Lastarria, el encuentro con una exposición única de bocetos y dibujos originales del cortometraje Historia de un Oso, primera producción chilena que gana un Oscar. La exposición, ubicada en la galería de arte “Plop!”, presentaba el trabajo de Gabriel Osorio, director, y Antonia Herrera, encargada del arte, que los llevó a hacer historia. Para mi propio trabajo documental visité otros sitios y tuve tiempo de asistir al bar Pacto para conocer a los integrantes de Saiko durante un concierto íntimo y acústico.

Finalicé la aventura en tierras chilenas con un viaje exprés a Viña del Mar y Valparaíso, dos sitios mágicos que también retraté y de los cuales me llevo muy buena experiencia, aunque mi corazón será siempre eternamente santiaguino, lo cual espero ver reflejado muy pronto en la pantalla.

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